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Columna: Guillermo Franco, el renacido

Columna publicada en el año 2014, momento en que el “Guille” regresaba a Monterrey para jugar con el “Flash” de fútbol rápido en el ocaso de su carrera.

Clásico 79, corredor derecho del área que apunta hacía la herradura, recorte hacía atrás, toque de apoyo con el compañero que se sumaba al ataque, centro templado, balón peinado, el esférico se levanta como globo de cantoya y se desploma como bala, Franco ubicado como cualquier delantero de los de su estirpe: Amorfo, atrasado, incómodo, sin ángulo, sin oportunidad aparente. Gol, como siempre, gol.

Ahí se detuvo el tiempo.

Jamás olvidaré la noche en que, como futbolista, murió Guillermo Franco. El gol que terminó de escribir su epitafio no podía ser de otra manera más que en contra del odiado archirrival, el gol que predecía la forma espectral que tomaría Franco después de ese invierno, un gol fantasma. “Aquí yace un domador de tigres” se lee en el frío mármol del mausoleo.

La muerte de Guillermo se anunció mientras estaba con el equipo, entonces subcampeón, en McAllen Texas, y como buen mexicano (recién naturalizado) aplicó la de “cielito lindo”. Dijeron que estaba dormido y lo trajeron aquí.

Guillermo asistió a su propio funeral en Monterrey. Cual mesías que anunciaba su partida a la derecha del padre, la gente se arremolinó. Hombres, mujeres y niños le lloraban al cuerpo presente, Franco lloraba también <<No llores,Guille>> le suplicó una mujer que sufría como madre viendo partir al hijo de sus entrañas, <<Tú me haz hecho llorar y después me pides que no llore>> le recriminó Franco con la voz melancólica como tango y la mirada en el horizonte como si estuviera a punto de entonar una ranchera. Dió su último aliento y murió. Se fue al Villarreal de España y jamás pudo ser lo mismo. Desde entonces su carrera y por ende, su vida, fue peregrinar en el limbo de los equipos medianeros de Europa sin poder destacar.

Cuando en 1970, John Lennon estuvo a punto de explosionar debido a la ruptura de The Beatles, a la ruptura con su ex esposa y a la ruptura de su estabilidad mental, viajó a California y conoció a Arthur Janov, médico, experto en “Terapia primal”, un método psicológico que te lleva por medio de regresiones mentales al meollo del asunto, a donde todo empezó.

Lennon trasladó su cansada mente a su niñez en Liverpool, Inglaterra. Franco,en su terapia primal personal, trasladó sus cansadas piernas de vuelta a la Argentina.

Vélez Sarsfield fichó a un muerto viviente en estado físico tan deplorable, que al primer intento de devorar el primer churrasco made in La Pampa, después de 9 años de ausencia, sufrió una lesión en el hombro que lo dejaría fuera de la plantilla por 4 meses. Esa temporada Vélez salió campeón, esa temporada Franco salió de Vélez.

La mente de Guillermo, en su infructuosa terapia primal, lo siguió regresando al futuro, a buscar el inicio, el regreso a casa. De nuevo México, de nuevo a Rayas, de nuevo azul y blanco, pero el cuadro no era el mismo, Franco se enroló en el Pachuca recién iniciado el año 2012. Era obvio que su brújula estaba mal calibrada, pero la terapia, entonces, no fue del todo errada.

El sábado 21 de Abril ,ya como jugador del Pachuca, Guillermo Franco volvió al Estadio Tecnológico, enfundado en otra camiseta, defendiendo otro escudo, conociendo por vez primera los vestidores que usa el visitante.

En una de esas veces en que la lógica no alcanza boleto para entrar al estadio, los aficionados del equipo local no lanzaban injurias al delantero del equipo rival durante el reconocimiento de cancha, por el contrario, lanzaban besos, y el delantero visitante correspondía con besos también.

Ni bien iniciado el encuentro que traía a Franco de vuelta a casa, en el ambiente ya se respiraba la nostalgia, en la tribuna ya se dejaban caer algunas lágrimas de los más sentimentales. Se sabía que Guillermo Franco en ese momento no era un rival, era una extensión de nuestras más guajiras fantasías.

El éxtasis, el júbilo, el renacimiento momentáneo del ídolo de mil batallas se dio con su ingreso al terreno de juego al minuto 81 de tiempo corrido. A punto de morir el partido, volvía a nacer Franco, el ‘Guille’. Disminuido en capacidades técnicas y físicas, pero regresaba de la muerte y aniquilaba al fantasma que había estado merodeando el área chica desde hacía 6 años atrás cuando marcó su último gol con los Rayados y salió corriendo con el rostro desfigurado en júbilo a entregarse a “La Adicción”, ahora teníamos un nuevo recuerdo de donde aferrarnos.

Al finalizar aquel torneo, Guillermo Franco dejaría las filas del Pachuca, y de su paso posterior por el Chicago Fire no merece la pena ni gastar las teclas.

No había más limbo por el cual andar errante, la última parada era el retiro. Pero el futbolista profesional, como el ser mágico que es, siempre encuentra la manera de reencarnarse, a veces lo hace en el cuerpo de un Director Técnico, de un comentarista de tv o de un director deportivo. Guillermo Luis Franco encontró una nueva gambeta en espacio reducido: el futbol rápido.

Hace unos días firmó un contrato que lo liga por dos partidos al “Flash” de Monterrey, equipo que ya ha fungido las de cementerio de elefantes en anteriores ocasiones, haciéndose de los servicios express de futbolistas en el retiro como Claudio Nuñez, Walter Gaitan y Jesús Arellano.

Yo en lo personal, por no faltar al respeto a mis recuerdos, no quiero leer este nuevo capítulo. Me quedé allá, donde se detuvo el tiempo con Franco virtuoso, atlético y celebrando su anotación de despedida, saltando la publicidad estática con un brinco aprendido en sus mejores tiempos de basquetbolista y perfeccionado al rematar de cabeza en sus mejores tiempos de futbolista, atravesando la pista de tartán tambaleando las piernas de un lado al otro como si estuviera a punto de encontrar un resquicio entre dos defensas dentro del área y entregándose a su afición como se entrega quien ama de verdad y es correspondido. Y conmigo, tratando de descifrar con que parte del cuerpo anotó “El Guille” ese último gol, el gol donde se quedaron mis ojos.

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